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viernes, 19 de julio de 2013

Primer Concurso de RetroRelatos de RetroManiac - Elvira, Misstress of the Dark

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1º Concurso RetroRelatos de RetroManiac

Elvira, Misstress of the Dark, por Vampirro

Desde el mismo momento en que tuvo conciencia de sí misma había sabido que era alguien especial. Cierto es que las monjas del orfanato en el que se crió en su más tierna infancia la habrían definido de otra manera, tal vez utilizando la palabra diabólica, satánica o cualquier otro sinónimo de esos que la hacían sentirse halagada. Porque sí que era verdad que siempre tuvo cierta... afinidad con las artes ocultas.

Su madre, si la hubiera conocido, seguro que le habría dicho que la vida da muchas vueltas. Y efectivamente, en su caso esas vueltas la convirtieron en artista y la llevaron a la televisión a trabajar como presentadora de un espacio de películas de terror, la mayoría tan malas que precisamente en lo ridículamente cutres que eran radicaba su encanto. Además, la gente que veía su programa no lo hacía por las películas, y ella lo sabía. Era consciente que se tragaban aquellos bodrios para poder escuchar sus comentarios y admirar sus curvas. Seguramente mientras la miraban a través de la pantalla se imaginaban acariciando su suave y sedosa piel, hundiendo sus rostros entre su generoso y bien dotado escote... en fin, era el precio de ser tan irresistible, y mejor no recrearse en los pensamientos libidinosos que provocaba, que no era precisamente el momento de ponerse romántica.

Volviendo a las vueltas de la vida, estas la hicieron heredar un castillo de esos de piedra al estilo medieval europeo. No tenía ni idea de que esas cosas se hubieran construido en Estados Unidos, pero por lo visto así era. El caso es que el castillo había pertenecido a su tatarabuela Emelda, una poderosísima bruja que de alguna forma había conseguido burlar a la muerte. No a la muerte mortal, por decirlo de alguna manera, pues ella murió de -muy, muuuuy- vieja, pero sí a una muerte... total. Su alma, su esencia, su maldad... como se quiera llamar, había impregnado al castillo y lo utilizaba como recipiente para su voluntad.

Así que heredar un castillo parecía bueno. Grandes salones donde celebrar fiestas, infinidad de habitaciones donde alojar a sus distinguidos invitados, mazmorras oscuras donde dar rienda suelta a su lujuriosa y tal vez un poco pervertida imaginación...

Pero heredar ese castillo ya no era tan bueno. Y no tardó en descubrirlo. Como resultado de aquello, ahora ella era la que estaba prisionera en él, y de alguna forma su tatarabuela se las había apañado para poblar todo el castillo de toda clase de fieles sirvientes y algún que otro ser del averno que obedecía ciegamente sus deseos. Y eso sin contar con la magia en sí al servicio de Emelda que emanaba de todo el lugar.

En pocas palabras, estaba atrapada, y su tatarabuela no se habría tomado tantas molestias para con ella si su tataranieta no formara parte de sus planes. Elvira no era bruja, pero no se necesitaba ningún master en brujería para saber que fuera lo que fuese lo que Emelda tenía destinado para ella no iba a ser bueno.
Por lo menos tenía cierta libertad para deambular por el castillo, así que por pasar el rato se dirigió a uno de los dormitorios. Se recostó de lado sobre la cama y se quedó contemplando sus largas y bien formadas piernas sobresaliendo de la raja de su vestido.

Tal vez, pensó, tendría que hacer examen de conciencia, pues si nada lo remediaba probablemente moriría en breve, y seguramente entre terribles sufrimientos. Tampoco entendía muy bien para qué lo del examen de conciencia, pues hacerlo o no no iba a arreglar su situación, pero por una vez no le parecía mal hacer lo que todo el mundo hacía.

Podría decirse que había hecho muchas cosas mal en la vida. Tal vez, pero es que ella era diferente. Puede que una mujer tradicional pensara que casarse, tener hijos y cuidar de su familia fuera su meta en la vida, y tal vez una mujer más moderna pensara que su carrera profesional era lo más importante por encima de todo lo demás. Pero nada de ello cuadraba con su forma de vida. Aquello que otras personas consideraban errores o malas decisiones, ella lo llamaba vivir. Incluso si sus días estaban a punto de terminar en aquel castillo, sabía que al menos había vivido. Y esa era una sensación muy liberadora.
No es que deseara la muerte, claro. Le gustaban los motivos tétricos, los esqueletos, las calaveras, las grandes arañas, el terror, los bichos monstruosos... pero había una diferencia entre la estética oscura y la muerte, la verdadera muerte. Aún le quedaban muchas experiencias por vivir, muchas fantasías por cumplir y algún que otro deseo inconfesable que probar. Pero no le tenía miedo a la muerte. Quizá también porque de alguna forma ella siempre había sido positiva por naturaleza. Por muy mal que fuera las cosas, siempre estaba convencida de que algo bueno estaba a la vuelta de la esquina. Algunos lo llamaban fe, otros destino, providencia, la Fuerza o cualquier otro término similar. Pero ella simplemente confiaba en su buena suerte. Y cuando peor era la situación, más confianza tenía.
Porque, pensaba mientras deslizaba suavemente la punta de sus dedos por sus muslos, a fin de cuentas la vida es como una balanza. En el azar a veces te suceden cosas buenas, y a veces malas. A veces se forman rachas buenas, y a veces malas. Pero en su cómputo general las cosas buenas y malas se compensan. Así que si se está en una racha mala, muy mala, es porque tarde o temprano llegará una buena. Y si no llega, es porque esta ya se disfrutó, y entonces no hay de qué quejarse.
Se estiró en la cama boca arriba, viendo su imagen reflejada en el espejo que alguien había colocado en el techo de la habitación, justo encima de la cama. ¿Para qué querría alguien poner un espejo ahí? Bueno, qué pregunta, se dijo, para qué podría haberlo puesto. Y seguro que en otras circunstancias habría podido sacarle bastante partido.

Durante unos instantes se dedicó a hacer miradas insinuantes a su propia imagen, recreándose en ellas. No es que le gustara presumir, bueno, qué demonios, sí que le gustaba presumir, pero porque podía. Había que reconocer que era una mujer muy hermosa, y su forma de vestir, que muchos paletos incultos consideraban como inapropiada o directamente de zorra, le favorecía.

Se acordó de una mujer -seguramente frígida- que trabajaba en la televisión dando las noticias. Le dijo que no tenía clase y que su forma de vestir no dejaba nada a la imaginación. La envidia, que era muy mala. Mirándose en el espejo así, de cuerpo entero, era evidente que no tenía nada de razón. Vestía de forma provocativa y sexy, realmente desde los cuatro años se había vestido y maquillado más o menos así, y lo que mostraba no es que no dejara nada a la imaginación, sino todo lo contrario: la desataba.
Recordando sus experiencias pasadas con la ropa, se acordó de cuando en Halloween se disfrazó de vampiresa. En el castillo había visto también una de verdad, y entonces pensó que igual simplemente le harían eso, convertirla en una chupasangres. Y entonces sería joven para siempre y viviría eternamente, buscando hombres grandes, rudos y fornidos de los que alimentarse y esclavizar con sus poderes vampíricos para que cumplieran todos sus deseos. Ante las cosas que les haría que iban pasando por su mente su lívido no pudo contenerse. Buen momento para sentirse excitada, se riñó un poco, tal vez a pocas horas de morir. Aunque bien pensado, se dijo, si voy a morir, no pasará nada por disfrutar un poco antes de que suceda.

Pero... ¿por qué tenía que morir? Nunca en su vida se había rendido hasta ahora. Era joven, era guapa, tenía talento, sabía cantar, también bailar, en la cama disfrutaba con cosas que en muchos sitios eran ilegales, tenía sentido del humor y, por si fuera poco, la sangre de varias generaciones de brujas corriendo por sus venas. Además, había un detalle importante. Tenía cientos, miles, millones, miles de millones, billones, trillones, billones de trillones, miles de millones de billones de trillones de fans loquitos por sus huesos. Y por toda la carne que rodeaba a sus huesos también. Seguro que más de uno, y de dos, y de... bueno, de muchos, intentaba buscarla. ¿Acaso su camerino no estaba siempre lleno de moscones de todas partes del país que habían venido sólo para verla? Así que... ¿por qué no lo iban a hacer ahora, aquí?

Sí, seguro que algún ingenuo que sólo quería un autógrafo o cualquier tontería de esas -con la de cosas que le haría a sus fans...- localizaba el castillo, descubriría que estaba presa e intentaría liberarla. Casi seguro que los esbirros de su tatarabuela se los cepillaban a casi todos, pero era en el casi donde se hallaba su salvación, porque a ella le bastaba una sola excepción para escapar de allí. Y de todo lo que viniera, alguno habría competente, ¿no?

De todas formas, a ver, si fuera tan fácil escapar del castillo como simplemente encontrar la salida habría salido por el mismo sitio por el que entró y ella ya se habría liberado solita. Estaba atada aquí por la magia de su tatarabuela, así que sólo la magia podría liberarla. Y bueno, vale, que sangre de bruja corriera por sus venas no significaba que ella tuviera los conocimientos de una bruja. Aunque... no era la primera vez que tenía sueños premonitorios, y sí, había soñado con el castillo, con un cofre, en el que dentro había un libro de recetas, pero esas recetas no eran simples recetas de cocina sino conjuros mágicos. Eso es, con ese libro sería capaz de liberarse del yugo de Emelda. Seguro. Más que nada porque si no, su tatarabuela no se habría tomado tantas molestias en esconderlo.

Bien, ya tenía una especie de plan. Simplemente pasearía por su castillo y esperaría a que sus fans entraran en él. No podía acompañarles -si lo hiciera, atraería a los guardianes y no durarían nada-, pero sí podría alentarles y ayudarles. Y si el miedo les atenazaba y se sentían tentados a huir, su encanto y su escote harían el resto. Para que luego dijeran que no sabía vestir con clase...

domingo, 22 de abril de 2012

Vuestros 'tesoros' retro mejor guardados

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Elvira, una desconocida en nuestras tierras, pero con fama al otro lado del charco
Hace poco mi muy buen amigo Jose me escribía por correo eléctronico: "¡Mira lo que he encontrado en casa escondido, entre los trastos!", y me adjuntaba unas fotos magníficas de la caja original de Elvira II para PC, con sus pegatinas exteriores de "compatibilidad con Adlib" y "VGA - 256 colores" intactas, junto a manuales y demás parafernalia. Lo cierto es que en su día probé el primer Elvira, gracias (como muchos) a la presencia de su protagonista en la portada, pero me echó para atrás debido a su altísima dificultad y a que me costaba orientarme en aquellos escenarios en primer persona cuadriculados. Hace poco hablaron en el podcast de Asilo Retro precisamente de la primera parte del juego, haciendo precisamente hincapié en su alta dificultad y muertes continuas.

La caja de la edición española de ERBE

Con todo, este "cofre del tesoro" recuperado del olvido no se quedaba en esto únicamente. Ahí estaban la caja, manuales y discos de Warcraft 2, multitud de recortes de revistas con pistas, comentarios, apuntes del maldito Elvira, el pequeño periódico que acompañaba Space Quest 5, 'The Galactic Inquirer', mapas de Micromanía de Indiana Jones & the Fate of Atlantis y su solucionario, textos del mítico amo del calabozo y colaborador ocasional de RetroManiac, Ferhergón, o las magníficas ruedas de protección de juegos de la época tipo Monkey Island... ¡Incluso el manual original de Cobra Mission y por supuestos los famosos discos rojos de Erbe de 3 1/2 con este Elvira II!

¡Discos, ruedas de protección y manuales en papel!

Entre tanto 'tesoro' es inevitable pensar echando la vista atrás. Hemos tenido la suerte de crecer, de tener una infancia que no se va a repetir nunca más. Jamás se repetirá la evolución que vivieron los videojuegos en los 80 y 90 relacionadas intrínsecamente con nuestros sentimientos y percepciones del mundo a esas edades... No es una opinión aislada, creo... A una conclusión similar llegamos hace unas semanas charlando con Locomalito y Gryzor87. Hemos cumplido años mientras el ocio electrónico encontraba su camino, se descubrían nuevos géneros, se experimentaba en pos de encontrar su lugar, y se parían juegos inolvidables para máquinas míticas que han hecho mella inevitablemente en los jovenzuelos de aquella época. Las consolas como Atari 2600, NES, etc. eran magníficas, que duda cabe, pero en realidad no son comparables a lo que ofrecían ordenadores como Spectrum, CPC, C64 que llenaban nuestras horas de diversión y descubrimientos continuos de la informática en un sentido mucho más amplio sus sus compañeras lúdicas de visicitudes.

El 'periódico' sensacionalista de Space Quest V.
¡Un niño de una sóla cabeza!

Tras esos primeros tanteos de los 8 bits, luego vendrían sistemas como Atari ST, Amiga o el PC, abriendo un abanico de posibilidades increíble al usuario que descubría procesadores más potentes, programas de todo tipo, demos gráficas, juegos largos y trabajados y todo un mundo de posibilidades y recuerdos que ahora quedan encerrados en una caja como esta, a modo de álbum de fotos que nos traen recuerdos de aquellas partidas a escondidas en nuestro cuarto mientras se suponía hacíamos los deberes, o aquellas tardes de verano compartiendo teclado con nuestros hermanos y vecinos... ¡Fantástico!

Recortes de revistas, papeles con apuntes, pistas...

Quizás haya sido una época inigualable e irrepetible, pero quizás también sea que nos dejamos llevar por la nostalgía, así que ahora nos toca preguntaros a vosotros, ¿Qué otros 'tesoros' guardáis con mimo vosotros? ¿Qué recuerdos os traen aquellos años incipientes en los que las cintas y los discos pululaban en los recreos del colegio? No hablamos de colecciones propiamente dichas, hablamos de aquellos objetos que guardáis inevitablemente esquivando limpiezas generales y mudanzas y que parece que siempre os van a acompañar durante vuestra vida...